Hay un tipo de felicidad que no se celebra con fuegos artificiales.
No grita. No presume. No necesita testigos.
Es la paz.
Durante mucho tiempo confundí intensidad con amor.
Confundí costumbre con compromiso.
Confundí aguantar con ser fuerte.
Y un día, casi sin darme cuenta, dejé de sentir miedo a lo que pudiera pasar después.
Dejé de anticipar conflictos.
Dejé de medir mis palabras para no incomodar.
Dejé de justificar lo injustificable.
La paz llegó despacio.
Sin aplausos.
Sin promesas grandilocuentes.
Llegó cuando entendí que el amor no te sabotea los días importantes.
No te hace dudar de tu valor.
No te obliga a normalizar lo que duele.
A veces creemos que soltar es perder.
Pero hay pérdidas que en realidad son rescates.
Rescatar tu autoestima.
Tu calma.
Tu dignidad.
Hoy no necesito grandes declaraciones.
Necesito coherencia.
Necesito tranquilidad.
Necesito dormir sin ansiedad.
Y eso, que parece pequeño, es enorme.
Porque la paz no hace ruido…
pero cuando llega, lo cambia todo.
Comentarios
Publicar un comentario