Hay días en los que la morriña no avisa. Se instala despacio, como una niebla que no pide permiso. No grita, no rompe nada. Simplemente se posa. Y entonces la siento: una punzada suave, un recuerdo que pesa más de lo que debería, una ausencia que toma forma. Antes luchaba contra ella. Pensaba que había que ser fuerte, mantenerse siempre en pie, no mirar atrás. Creía que sentir morriña era retroceder. Con el tiempo entendí algo distinto: la morriña no llega para detenerme, llega para recordarme quién fui, de dónde vengo, lo que amé. La morriña habla de vínculos. De lugares que dejaron huella. De personas que ya no están como antes —o que simplemente ya no están—. Habla de momentos que no volverán a repetirse exactamente igual. Y eso duele. Pero también honra lo vivido. Aprender a caminar con ella ha sido dejar de negarla. Permitirme sentir sin juzgarme. Comprender que la nostalgia no es debilidad, sino profundidad. Que solo siente morriña quien ha amado de verdad. Ahora, cuand...