A las ocho de la noche, estaba allí, tangible, presente. Podía tocarse su risa, sentir su abrazo, escuchar sus palabras. La vida parecía seguir su curso, con sus silencios y sus gestos cotidianos, con esa rutina que nos hace olvidar lo frágil que es todo. A las seis de la mañana, ya no estaba. Lo que antes ocupaba espacio y tiempo se convirtió en espíritu: intangible, eterno, inalcanzable físicamente, pero omnipresente en los recuerdos, en la memoria y en el corazón de quienes lo amaron. Ese tránsito tan breve, apenas unas horas, nos enseña lo inesperado y lo profundo de la pérdida. Nos recuerda que la vida y la muerte no siempre se anuncian con claridad; llegan sin aviso, y nos obligan a enfrentar un vacío que no se llena con palabras ni con lágrimas. Pero el espíritu permanece. En los gestos que aprendimos, en las enseñanzas que dejó, en los momentos compartidos que ahora son tesoros. Lo tangible desaparece, pero lo que nos tocó profundamente se queda: nos transforma, nos acompaña...