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El amor, el adiós y el silencio


Hoy escribo desde un lugar que nunca imaginé habitar. Escribo para soltar, para sanar y para honrar a quien fue mi compañero de vida.

Lo amé con una intensidad que no cabe en estas palabras. Lo amé en lo cotidiano, en las risas y en los silencios. Y quizás por eso, el duelo duele tanto; porque el dolor es simplemente el amor que ya no tiene donde ir.

Hay una espina que hoy intento sacarme del corazón: la de no haber estado allí en su último momento. Me tortura pensar que el destino decidió que no fuese así. Me quedo con el "perdón" en los labios por no haber sostenido su mano en ese instante final.

Pero hoy, entre lágrimas, trato de entender que el amor no se mide por el último minuto, sino por todos los años previos. Trato de decirme que él no murió solo, murió rodeado del amor de nosotros, sus amigos los que fueron sus compañeros de trabajo, mis amigas que honro y agradezco, a todos los que en ningún momento me dejaron sola y estuvieron alli para él, la familia que por circunstancias no pudieron estar cerca, a todos gracias y sé que no es fácil.

Me duele la casa, me duele la cama, me duele el vacío. Pero también me doy cuenta de que este dolor es el precio de haber tenido algo maravilloso. Te pido perdón por no estar ahí, pero te doy las gracias por cada segundo en que sí estuvimos.

Te sigo amando, en esta nueva forma de silencio. Te amo vida.

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