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José Ignacio

 



Persistencia y Corazón

Hace unos años, trabajaba en un instituto dedicado a la investigación científica, la producción de vacunas y la autorización de medicamentos, entre otras muchas cosas. Estaba en un área que me dió la oportunidad de asistir a muchas personas necesitadas.

Un día, una mujer se acercó a mí con la historia de un niño que necesitaba ayuda. Seis años, llamado José Ignacio, nacido en San Carlos, Cojedes, Venezuela. Único hijo, su madre Carolina, estaba siempre a su lado. Mientras jugaba, se rompió el fémur y fue trasladado en ambulancia a Caracas con fuertes dolores. Recluido en el Hospital de Niños J.M. de los Ríos, recibía ayuda en un lugar llamado Mi Casita.

Me entregaron la historia y la foto de José Ignacio. El niño tenía osteosarcoma y necesitaba quimioterapia, pero el hospital no tenía el tratamiento necesario. En ese momento, ya se empezaba a notar el deterioro de la salud en el país.

Afortunadamente, el instituto donde trabajaba estaba adscrito al Ministerio de Salud, y conocían a personas que podrían ayudar. Aunque aún no conocía ni a José Ignacio ni a su madre, me dediqué a buscar las medicinas que necesitaba.

Como en toda causa noble, encontré personas dispuestas a ayudar y otras que no. Me dirigí al jefe de una importante área del ente de salud con los papeles del niño, su informe médico y una foto. La respuesta que recibí fue devastadora: "¿Para qué darle tratamiento si igual se va a morir?" Este comentario fue decepcionante, viniendo de alguien a quien respetaba. Le respondí firmemente: "Quiero esa dosis de tratamiento. Dígame con quién debo hablar."

Empecé por los niveles superiores y, finalmente, el jefe del área me remitió a una doctora que, curiosamente, era sobreviviente de cáncer. Ella me dio el tratamiento, pero solo una dosis, con la misma advertencia de que el niño no sobreviviría.

Cuanto más me decían que no, más persistía. Muchos me aconsejaban no involucrarme, que me haría daño. Pero busqué apoyo en un buen amigo, quien tomó esta causa como suya.

Logré conseguir todo el tratamiento para José Ignacio. 

Cuando finalmente lo conocí, vi a un pequeño rubio con una pierna amputada y una sonrisa perdida. Empecé a visitarlo regularmente, llevándole algún presente, ayudándolo a jugar en internet y hablando con su madre, quien, a pesar de su tristeza, luchaba incansablemente junto a su hijo.

Se presentó la oportunidad, para una donación de una prótesis desde Alemania. Informé a la madre, quien llevó las medidas necesarias. Cuando me confirmaron la donación, la alegría fue inmensa. La prótesis llegó y la madre, entre lágrimas de felicidad, vio a su hijo sonreír nuevamente. Su rostro había cambiado.

Con el tiempo, José Ignacio regresó a su casa en San Carlos. Un día, recibí un mensaje que decía literalmente: "C fue mi bb." Todo mi equipo, que también estaba involucrado, quedó devastado. Me encerré en el baño y lloré. A veces, la vida es tan injusta, considerando todo lo que José Ignacio luchó por vivir.

Me siento satisfecha de haber luchado por él, de haberlo hecho sonreír. Hoy, José Ignacio es un ángel que cuida a su madre, y sé que me ve como alguien que dió todo por él sin siquiera conocerlo. A ese doctor que me negó el tratamiento, al tiempo un familiar le fue diagnosticado con CA, solo pude decirle: "Si a algo hay que tenerle miedo, es a las vueltas que da la vida."

Ayudar es gratificante!


¡Te lo debía mi Ángel, donde quiera que estés! 


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