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El último reflejo

Te miré a través del lente y vi cómo avanzabas hacia mí, envuelto en un bosque que parecía rendirse a tus pasos. En aquel entonces, capturé el instante pensando en el reencuentro de nuestros abrazos al final del sendero. Un hermoso paseo hicimos ese día, lo que tanto disfrutabamos. Hoy, al mirar de nuevo esta foto, el camino parece haber cambiado de sentido. Siento que esa luz ya no te rodea, sino que te reclama, y que en lugar de venir hacia mis brazos, vas caminando con paso firme hacia un lugar donde solo existe la paz. Duele verte caminar hacia el resplandor donde no puedo seguirte, pero me consuela saber que, incluso al alejarte, lo haces rodeado de la misma luz que siempre trajiste a mi vida. Ya no caminas hacia mí, pero caminas en mí, en cada rayo de sol que logra atravesar la espesura de mi nostalgia. TE  TAD 
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Detente a observar

  A veces, el mayor avance no es correr más rápido, sino saber cuándo sentarse frente a una ventana, con un café tibio entre las manos, y simplemente  estar . En el silencio de un amanecer o en las páginas de ese libro que olvidamos terminar, se encuentran las respuestas que el ruido diario nos oculta. Debemos respira, mirar por el cristal y a redescubrir que la belleza no siempre está en el destino, sino en la calma del trayecto.

El día que entendí que la paz no hace ruido

  Hay un tipo de felicidad que no se celebra con fuegos artificiales. No grita. No presume. No necesita testigos. Es la paz. Durante mucho tiempo confundí intensidad con amor. Confundí costumbre con compromiso. Confundí aguantar con ser fuerte. Y un día, casi sin darme cuenta, dejé de sentir miedo a lo que pudiera pasar después. Dejé de anticipar conflictos. Dejé de medir mis palabras para no incomodar. Dejé de justificar lo injustificable. La paz llegó despacio. Sin aplausos. Sin promesas grandilocuentes. Llegó cuando entendí que el amor no te sabotea los días importantes. No te hace dudar de tu valor. No te obliga a normalizar lo que duele. A veces creemos que soltar es perder. Pero hay pérdidas que en realidad son rescates. Rescatar tu autoestima. Tu calma. Tu dignidad. Hoy no necesito grandes declaraciones. Necesito coherencia. Necesito tranquilidad. Necesito dormir sin ansiedad. Y eso, que parece pequeño, es enorme. Porque la paz no hace ruido… pero ...

La morriña aparece… y yo aprendo a caminar con ella

  Hay días en los que la morriña no avisa. Se instala despacio, como una niebla que no pide permiso. No grita, no rompe nada. Simplemente se posa. Y entonces la siento: una punzada suave, un recuerdo que pesa más de lo que debería, una ausencia que toma forma. Antes luchaba contra ella. Pensaba que había que ser fuerte, mantenerse siempre en pie, no mirar atrás. Creía que sentir morriña era retroceder. Con el tiempo entendí algo distinto: la morriña no llega para detenerme, llega para recordarme quién fui, de dónde vengo, lo que amé. La morriña habla de vínculos. De lugares que dejaron huella. De personas que ya no están como antes —o que simplemente ya no están—. Habla de momentos que no volverán a repetirse exactamente igual. Y eso duele. Pero también honra lo vivido. Aprender a caminar con ella ha sido dejar de negarla. Permitirme sentir sin juzgarme. Comprender que la nostalgia no es debilidad, sino profundidad. Que solo siente morriña quien ha amado de verdad. Ahora, cuand...